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El juego funcional y el juego simbólico: dos pilares de la intervención en Terapia Ocupacional

El juego funcional y el juego simbólico: dos pilares de la intervención en Terapia Ocupacional

Por qué jugar es mucho más que entretenerse

por: Silvia Eva Guerrero Arroyave

       Terapeuta Ocupacional / Coordinadora AFANIAD Maestrat

 colegiada COTOCOV Nº588

Cuando hablamos de infancia, solemos asociar el juego con diversión, ocio o tiempo libre. Sin embargo, desde la Terapia Ocupacional entendemos el juego como la principal ocupación del niño. A través de él descubre el mundo, aprende a resolver problemas, desarrolla habilidades motoras, construye relaciones sociales y comienza a comprender quién es y cómo puede desenvolverse en su entorno.

El juego no es un premio ni una actividad para llenar el tiempo. Es el medio natural mediante el cual los niños adquieren competencias que más adelante necesitarán para participar de forma autónoma en la escuela, en la familia y en la comunidad.

En los niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA) u otras condiciones del neurodesarrollo, el juego puede seguir una evolución diferente. Por ello, la Terapia Ocupacional utiliza el juego como una herramienta terapéutica cuidadosamente planificada, adaptando las actividades al nivel de desarrollo, los intereses y las necesidades de cada niño.

El juego funcional: comprender el mundo a través de la acción

El juego funcional aparece durante los primeros años de vida y consiste en utilizar los objetos según la función para la que fueron creados. Un coche se empuja para que ruede, una cuchara sirve para dar de comer a un muñeco y una pelota se lanza o se hace rodar.

Aunque pueda parecer un tipo de juego sencillo, constituye una base imprescindible para el desarrollo posterior.

Durante este proceso el niño aprende a:

  • Comprender la relación entre los objetos y su uso.
  • Mejorar la coordinación motora fina y gruesa.
  • Desarrollar la atención y la concentración.
  • Explorar las propiedades de los materiales.
  • Planificar pequeñas secuencias de acción.
  • Resolver problemas simples.

Desde la Terapia Ocupacional, el juego funcional se utiliza para favorecer la adquisición de habilidades necesarias para las actividades de la vida diaria. Un niño que aprende a manipular correctamente objetos, organizar acciones y comprender la función de los materiales estará desarrollando capacidades que más adelante facilitarán tareas como vestirse, comer de manera autónoma, escribir o participar en actividades escolares.

Además, durante estas actividades se trabajan aspectos como la regulación sensorial, el control postural, la coordinación bilateral, la planificación motora (praxis) y la capacidad para mantener la atención en una tarea.

El juego simbólico: imaginar para aprender

Cuando el niño comienza a representar situaciones imaginarias aparece el juego simbólico. Un bloque puede convertirse en un teléfono, una caja en un coche o un peluche en un paciente al que hay que cuidar.

En este tipo de juego el objeto deja de ser únicamente lo que es y pasa a representar otra cosa. Esta capacidad refleja un importante desarrollo cognitivo y favorece numerosos aprendizajes.

El juego simbólico permite:

  • Desarrollar el lenguaje comprensivo y expresivo.
  • Comprender situaciones sociales.
  • Expresar emociones y experiencias.
  • Desarrollar la creatividad.
  • Anticipar situaciones cotidianas.
  • Practicar la resolución de conflictos.
  • Mejorar la flexibilidad cognitiva.

Para muchos niños con TEA, acceder de forma espontánea al juego simbólico puede resultar complejo. En ocasiones utilizan los juguetes de manera repetitiva, muestran dificultades para representar situaciones imaginarias o necesitan modelos claros para ampliar sus formas de jugar.

Lejos de entender estas diferencias como una limitación, la Terapia Ocupacional las considera un punto de partida para diseñar experiencias de juego adaptadas al perfil de cada niño.

¿Cómo utiliza la Terapia Ocupacional el juego como medio de intervención?

En Terapia Ocupacional el juego no se emplea únicamente para entretener al niño durante la sesión. Cada propuesta tiene unos objetivos terapéuticos concretos y responde a una evaluación previa de sus capacidades, intereses y necesidades.

El terapeuta ocupacional observa cómo juega el niño, qué estrategias utiliza, cómo interactúa con los objetos, cómo responde a los cambios, qué tipo de ayuda necesita y qué habilidades están emergiendo.

A partir de esta información se diseñan actividades que permitan favorecer su participación ocupacional.

Durante las sesiones pueden plantearse situaciones como:

  • Utilizar coches, animales o construcciones para trabajar la planificación motora y la coordinación.
  • Representar escenas cotidianas para anticipar rutinas como ir al médico, al colegio o al supermercado.
  • Jugar a cocinar, comprar o cuidar de un muñeco para fomentar la autonomía y las habilidades de la vida diaria.
  • Realizar juegos compartidos para favorecer la atención conjunta, los turnos y la comunicación.
  • Introducir pequeñas variaciones en el juego para trabajar la flexibilidad y la adaptación al cambio.

En todos los casos, el objetivo no es que el niño juegue «como debería», sino ofrecer oportunidades para ampliar progresivamente su repertorio de juego y favorecer su participación en los diferentes contextos de su vida.

El juego como espacio de aprendizaje significativo

Uno de los principios fundamentales de la Terapia Ocupacional es que los aprendizajes tienen mayor impacto cuando son significativos para la persona. El juego reúne precisamente esa característica: motiva, despierta curiosidad y permite repetir una actividad muchas veces sin que el niño la perciba como una obligación.

Cuando un niño juega con interés está poniendo en marcha, al mismo tiempo, procesos motores, sensoriales, cognitivos, emocionales y sociales. Esa integración convierte al juego en uno de los medios terapéuticos más completos durante la infancia.

Además, el juego facilita la generalización de los aprendizajes. Las habilidades adquiridas durante una sesión pueden trasladarse posteriormente al hogar, al colegio o a otros espacios de participación, especialmente cuando las familias reciben orientación para incorporarlas de forma natural a las rutinas diarias.

El papel de la familia

La intervención no termina cuando finaliza la sesión terapéutica. La participación de la familia resulta esencial para que el juego continúe siendo una oportunidad de aprendizaje.

No es necesario disponer de juguetes sofisticados. Una caja de cartón, utensilios de cocina, muñecos, bloques de construcción o materiales reciclados pueden convertirse en excelentes recursos para fomentar tanto el juego funcional como el simbólico.

Lo verdaderamente importante es compartir tiempo, seguir los intereses del niño, respetar su ritmo y acompañarlo introduciendo nuevas ideas sin dirigir constantemente el juego.

Una herramienta para participar en la vida

Desde la Terapia Ocupacional entendemos que jugar no es un fin en sí mismo, sino un medio para desarrollar las habilidades que permitirán al niño participar de forma activa en su entorno.

El juego funcional construye las bases de la exploración y el aprendizaje, mientras que el juego simbólico abre la puerta a la imaginación, la comunicación y la comprensión social. Ambos son esenciales para el desarrollo infantil y constituyen herramientas terapéuticas de enorme valor cuando se utilizan de manera individualizada.

Cada niño tiene una forma única de jugar y un ritmo propio de desarrollo. El papel del terapeuta ocupacional consiste en crear oportunidades para que ese juego evolucione, se enriquezca y se convierta en una vía de aprendizaje, autonomía y participación en la vida cotidiana.

«Cuando un niño juega, no solo se divierte: explora, experimenta, comunica, aprende y construye las habilidades que le acompañarán durante toda su vida. En Terapia Ocupacional, el juego es mucho más que una actividad; es el camino hacia la participación y la autonomía.»

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